Desde 1565

El secreto del colmenero, desde 1565.

Apicultor sosteniendo un panal entre el campo de mastranto en flor.

En 1565, cuando los primeros colmeneros andaluces desembarcaron en La Guaira con sus Apis mellifera ibericae, los indígenas Caracas llamaban al Ávila Guararia Repano: el sitio de las abejas. La miel no era extraña en estas tierras, los Kariña ya recolectaban la de las meliponas sin aguijón, pero el oficio del colmenero, esa paciencia heredada de los romanos y perfeccionada en los cortijos andaluces, llegó con barcos, hábitos y rezos.

Cuatro siglos después, en la Mesa de Guanipa, donde los farallones de Chimire se levantan rojizos sobre la sabana, un colmenero notó algo. Cada año, en los meses de lluvia, sus abejas regresaban a la colmena con una miel distinta: más clara, más fina, con un eco herbal que recordaba a la albahaca silvestre. Las siguió. Atravesó chaparros, mantecos y morichales hasta llegar a un cuenco escondido entre dos farallones donde, después de la primera lluvia, el mastranto (Hyptis suaveolens) florecía en una alfombra azulada que perfumaba el aire.

Era el secreto que su abuelo le había contado y que él creyó leyenda. No había manera de cultivar el mastranto: nace solo, donde quiere y cuando llueve. Tampoco había manera de embotellar todo lo que producía: las zafras buenas no se reparten. Pero sí había una manera de honrarlo, sacar poco, sacarlo bien y contarlo como se cuenta lo que importa.

De esa lealtad nace El Colmenero Real.

No somos una marca: somos un oficio antiguo, hispano y venezolano, embotellado a mano en la sabana oriental, donde el mastranto sigue floreciendo cada año, fiel a la lluvia.

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